RECORTABLES (05/06/2010)

¿Se acuerda usted de aquel pasatiempo infantil, que consistía en separar con unas tijeritas una figura dibujada en un papel? La figura podía ser cualquier cosa: Un castillo, una muñeca, un coche o un misil nuclear intercontinental que apuntaba a La Habana. Pues bueno. Pues bien. Pues ahora resulta que los “recortables” somos nosotros.

¿Qué quiénes somos nosotros? Los trabajadores. Claro. Y ahora puede que usted se ponga en guardia: Ya está aquí otra vez el listo éste, hablando de lucha de clases. De teorías económicas y sociales trasnochadas, que fueron enterradas con la espesa y casposa barba de Carlos Marx. Ahora la clase obrera ya no existe, me dirán. Los que podemos leer por internet somos “clase media”. Hay algunos pobres que lo son porque no les mola nada eso de currar. Y luego están los ricos. Que son pocos, pero seguro que tienen sitio para alguno más. Como por ejemplo usted. Porque usted lo que realmente quiere es ser rico, ¿verdad? Esto de ser “clase media” es un estado accidental. Temporal. Algo que seguro que se arregla en poco tiempo. Y entonces le invitarán a usted a formar parte del Club Bilderberg, con una preciosa cartita ribeteada en filigranas de oro. Pero oro del bueno. Del de veinticuatro kilates. O más.

Pues va a ser que no. Mejor se lo va quitando usted de la cabeza, porque eso no va a pasar, compañero o compañera de clase trabajadora que lo es, a su pesar. Dese usted cuenta de una jodida vez: Para que exista el negro, tiene que haber blanco. Para que existan ladrones, tienen que haber atracados. Para que existan ricos, tienen que haber pobres… Para que existan capitalistas, tienen que haber trabajadores. Y muchos, además. Cuantos más trabajadores haya, más ganancia para el capital. Más robo, más explotación, más beneficio. Más plusvalía. Así que, como comprenderá usted, a los capitalistas no les interesa que su selecto club se amplíe. Porque verían rebajada su tasa de beneficio. Cuantos menos seamos, mejor. Más a repartir. Olvídese usted de ese “golpe de suerte” en forma de cartulina elegantemente decorada que le invitará a codearse con las grandes fortunas mundiales. Porque va a seguir siendo usted un pringao, como todos los de su clase. Su “clase media”, qué paradoja, no es más que clase trabajadora con ingresos por encima de la media.

Pero el frotar se va a acabar. Ahora todos somos “recortables”. Nuestras hipotecadas casas son los castillitos que se doblaban y pegaban, nuestros fondos de armario son los vestidos de muñeca que llevaban aquellas graciosas solapitas blancas que se plegaban y se sujetaban a los hombros de la figura. Y nosotros somos los que, con la implacable tijera del capital, vamos a ser recortados de nuestro papel de trabajadores y reducidos a simples gurruños de material sobrante, que se hace una bola y se tira a la papelera. Mercancía inútil.

Porque usted no es más que eso en una crisis económica como ésta. Mercancía sobrante. Y cara, además. Debe usted ser recortado, o eliminado. Si el problema es que no se vende, es porque se ha producido demasiado. Si se ha producido demasiado, hay que producir menos. Si hay que producir menos, sobra fuerza de trabajo. Si sobra fuerza de trabajo, quien sobra es usted. Así que una de dos: O le tiran a la calle o le reducen la nómina. Lo que sea más barato.

¿Cómo se le llama a eso de tirarle a usted a la calle o bajarle el jornal, en la jerga política actual? Pues eso se llama “Reforma Laboral”. Y ya tenemos fecha de estreno de su última secuela: El dieciséis de junio próximo. Por Real Decreto.

Una vez estrenada la nueva película, puede usted ir preparando su viaje. El viaje que, de un decretazo, le van a forzar a realizar desde su acomodada “clase media” a la dura realidad de la clase trabajadora. Y olvídese de la “business class”. Que el trayecto lo hará en clase turista. Y sin paradas. Ni para mear.

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