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Pieza 4: Mundialización financiera y globalización de la corrupción y el crimen.

 

La figura 4 se construye dibujando un rectángulo.

Los medios masivos de comunicación nos regalan una imagen de los dirigentes de la delincuencia mundial: hombres y mujeres vulgares, vestidos estrafalariamente, viviendo en mansiones ridículas o tras los barrotes de una cárcel. Pero esa imagen oculta más de lo que muestra: ni los verdaderos jefes de las mafias modernas, ni su organización, ni sus influencias reales en los terrenos económicos y políticos son divulgados públicamente.

 

Su usted piensa que el mundo de la delincuencia es sinónimo de ultratumba y oscuridad, está equivocado. Durante el período de la llamada “Guerra Fría”, el crimen organizado fue adquiriendo una imagen más respetable y no sólo empezó a funcionar como cualquier empresa moderna, también fue penetrando profundamente en los sistemas políticos y económicos de los Estados nacionales. Con el inicio de la IV Guerra Mundial, la implantación del “nuevo orden mundial”, y su consiguiente apertura de mercados, privatizaciones, la desregulación del comercio y las finanzas internacionales, el crimen organizado “globalizó” sus actividades.

 

“Según la ONU, los ingresos mundiales anuales de las organizaciones criminales transnacionales (OCT) son del orden de 1000 miles de millones de dólares, un monto equivalente al PNB combinado de países de ingreso débil (según la categorización de la banca mundial) y de sus 3 mil millones de habitantes. Esta estimación toma en cuenta tanto el producto del tráfico de droga, las ventas ilícitas de armas, el contrabando de materiales nucleares, etc., y las ganancias de las actividades controladas por las mafias (prostitución, juego, mercado negro de divisas…).

 

En cambio, no mide la importancia de las inversiones continuamente realizadas por las organizaciones criminales dentro de la esfera de control de negocios legítimos, ni tampoco la dominación que ellas ejercen sobre los medios de producción dentro de numerosos sectores de la economía legal” (Michel Chossudovsky, “La Corruption mondialisée” en “Géopolitique du Chaos”. Op. Cit.).

 

Las organizaciones criminales de los 5 continentes han hecho suyo el “espíritu de cooperación mundial” y, asociadas, participan en la conquista y reordenamiento de los nuevos mercados. Pero no sólo en actividades criminales, también participan en negocios legales. El crimen organizado invierte en negocios legítimos no sólo para “blanquear” el dinero sucio, también para hacerse de capital para sus actividades ilegales. Las empresas preferidas para esto son las inmobiliarias de lujo, la industria del ocio, los medios de comunicación, la industria, la agricultura, los servicios públicos y… ¡la banca!

 

¿Alí Babá y los 40 banqueros? No, algo peor. El dinero sucio del crimen organizado es utilizado por los bancos comerciales para sus actividades: préstamos, inversiones en los mercados financieros, compra de bonos de deuda externa, compra y venta de oro y divisas. “En muchos países, las organizaciones criminales se han convertido en los acreedores del Estados y ejercen, por su acción sobre los mercados, una influencia sobre la política macroeconómica de los gobiernos. Sobre las bolsas de valores, ellas invierten igualmente en los mercados especulativos de productos derivados y de materias primas” (M. Chossudovsky, Op. Cit.).

 

Por si fuera poco, el crimen organizado cuenta con los llamados paraísos fiscales. En todo el mundo hay, cuando menos, 55 paraísos fiscales (uno de ellos, en las Islas Caimán, tiene el quinto lugar mundial como centro bancario y tiene más bancos y sociedades registradas que habitantes). Las Bahamas, las islas Vírgenes británicas, las Bermudas, San Martin, Vanuatu, las islas Cook, la isla Mauricio, Luxemburgo, Suiza, las islas Anglo-Normandas, Dublín, Mónaco, Gibraltar, Malta, son buenos lugares para que el crimen organizado se relacione con las grandes firmas financieras del mundo.

 

Además de “blanqueo” de dinero sucio, los paraísos fiscales son usados para evadir impuestos, de aquí que sean un punto de contacto entre gobernantes, empresarios y capos del crimen organizado. La alta tecnología, aplicada a las finanzas, permite la circulación rápida del dinero y la desaparición de ganancias ilegales. “Los negocios legales e ilegales están cada vez más imbricados, introducen un cambio fundamental en las estructuras del capitalismo de la posguerra. Las mafias invierten en negocios legales e, inversamente, ellas canalizan recursos financieros hacia la economía criminal, a través del control de bancos o de empresas comerciales implicadas en el blanqueo de dinero sucio o que tiene relaciones con las organizaciones criminales. Los bancos pretenden que las transacciones son efectuadas de buena fe y que sus dirigentes ignoran el origen de los fondos depositados. La consigna de no preguntar nada, el secreto bancario y el anonimato de las transacciones, todo está garantizando los intereses del crimen organizado, protegen a la institución bancaria de investigaciones públicas y de inculpaciones. No solamente los grandes bancos aceptan blanquear dinero, en vista de sus pesadas comisiones, sino que también concesionan créditos a tasas de interés elevadas a las mafias, en detrimento de las inversiones productivas industriales o agrícolas” (M. Chossudovsky, Op. Cit.).

 

La crisis de la deuda mundial, en los 80´s, provocó que el precio de las materias primas se fuera para abajo. Esto hizo que los países subdesarrollados vieran reducidos drásticamente sus ingresos. Las medidas económicas dictadas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, supuestamente para “recuperar” la economía de estos países, sólo agudizaron las crisis de los negocios legales. En consecuencia, la economía ilegal se ha desarrollado para llenar el vacío dejado por la caída de los mercados nacionales.

 

De acuerdo con un informe de las Naciones Unidas, “la intrusión de los sindicatos del crimen a sido facilitada por los programas de ajuste estructural que los países endeudados han sido obligados a aceptar para tener acceso a los préstamos del Fondo Monetario Internacional” (United Nations. “La Globalization du crime” New York, 1995).

 

Así que aquí tiene usted el espejo rectangular donde legalidad e ilegalidad intercambian reflejos.

 

¿De qué lado del espejo está el criminal?

¿De cuál el que lo persigue?

Pieza 3: Migración, la pesadilla errante.

La figura 3 se construye dibujando un círculo.

 

Hablamos antes de la existencia de nuevos territorios, al final de la III Guerra Mundial, que esperaban ser conquistados (los antiguos países socialistas), y de otros que debían ser reconquistados por el “nuevo orden mundial”. Para lograrlo, los centros financieros llevan adelante una triple estrategia criminal y brutal: proliferan las “guerras regionales” y los “conflictos internos”, los capitales siguen rutas de acumulación atípica, y se movilizan grandes masas de trabajadores.

 

El resultado de esta guerra mundial de conquista es una gran rueda de millones de migrantes en todo el mundo. “Extranjeros” en el mundo “sin fronteras” que prometieron los vencedores de la III Guerra Mundial, millones de personas padecen la persecución xenófoba, la precarización laboral, la pérdida de identidad cultural, la represión policíaca, el hambre, la cárcel y la muerte

 

“Del Río Grande americano al espacio Schengen “europeo”, se confirma una doble tendencia contradictoria: por un lado las fronteras se cierran oficialmente a las migraciones de trabajo, por otro, ramas enteras de la economía oscilan entre la inestabilidad y la flexibilidad, que son los medios más seguros para atraer la mano de obra extranjera” (Alain Morice. Op.Cit.).

 

Con nombres distintos, bajo una diferenciación jurídica, compartiendo una igualdad miserable, los migrantes o refugiados o desplazados de todo el mundo son “extranjeros” tolerados o rechazados. La pesadilla de la migración, cualquiera que sea la causa que la provoque, sigue rodando y creciendo sobre la superficie planetaria. El número de personas que estarían en el ámbito de competencia del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Refugiados (ACNUR) ha crecido desproporcionadamente algo más de 2 millones en 1975, a más de 27 millones en 1995.

 

Destruidas las fronteras nacionales (para las mercancías), el mercado globalizado organiza la economía mundial: la investigación y el diseño de bienes y servicios, así como su circulación y consumo, son pensados en términos intercontinentales. Para cada parte del proceso capitalista, el “nuevo orden mundial” organiza el flujo de fuerza de trabajo, especializada y no, hacia donde lo necesita. Lejos de sujetarse a la “libre concurrencia” tan cacareada por el neoliberalismo, los mercados de empleo están cada vez más determinados por los flujos migratorios. Tratándose de trabajadores especializados, aunque poco en comparación con la migración mundial, este “traspaso de cerebros” representa mucho en términos de poder económico y de conocimientos. Pero, sea de fuerza de trabajo calificada, sea de simple mano de obra, la política migratoria del neoliberalismo está más orientada a desestabilizar el mercado mundial de trabajo que a frenar la inmigración.

 

La IV Guerra Mundial, con su proceso de destrucción / despoblamiento y reconstrucción / reordenamiento, provoca el desplazamiento de millones de personas. Su destino será el seguir errantes, con su pesadilla a cuestas, y ofrecer a los trabajadores con empleo en las distintas naciones una amenaza a su estabilidad laboral, un enemigo para suplir la imagen del patrón, y un pretexto para darle sentido a la sinrazón racista que el neoliberalismo promueve.

 

 

 

 

PIEZA 2: La globalización de la explotación.

 

La figura 2 se construye dibujando un triángulo.

Una de las falacias neoliberales consiste en decir que el crecimiento económico de las empresas trae aparejados un mejor reparto de la riqueza y un crecimiento del empleo. Pero no es así. De la misma forma en que el crecimiento del poder político de un rey no trae como consecuencia un crecimiento del poder político de los súbditos (antes al contrario), el absolutismo del capital financiero no mejora la distribución de la riqueza ni provoca mayor trabajo para la sociedad. Pobreza, desempleo y precariedad del trabajo son sus consecuencias estructurales.

 

En los años de las décadas de 1960 y 1970, la población considerada pobre (con menos de un dólar diario de ingreso para resolver sus necesidades elementales, según el Banco Mundial) era de unos 200 millones de personas. Para el inicio de la década de los 90´s sumaba ya 2,000 millones de seres humanos. Además, el “… montante de las 200 empresas más importantes del planeta representa más de un cuarto de la actividad económica mundial; y sin embargo, esas 200 firmas emplean sólo a 18,8 millones de asalariados, o sea, menos del 0,75 % de la mano de obra del planeta” (Ignacio Ramonet en LMD. Enero 1997 #15).

 

Más seres humanos pobres y más empobrecidos, menos personas ricas y más enriquecidas, éstas son las lecciones del trazo de la pieza 1 del rompecabezas neoliberal. Para lograr este absurdo, el sistema capitalista mundial “moderniza” la producción, la circulación y el consumo de las mercancías. La nueva revolución tecnológica (la informática) y la nueva revolución política (las megápolis emergentes sobre las ruinas de los Estados Nacionales) producen una nueva “revolución” social. Esta “revolución” social no consiste más que en un reacomodo, un reordenamiento de las fuerzas sociales, principalmente de la fuerza de trabajo.

 

La Población Económicamente Activa (PEA) mundial pasó de 1,376 millones en 1960, a 2,374 millones de trabajadores en 1990. Más seres humanos con capacidad de trabajo, es decir, de generar riquezas.

 

Pero el “nuevo orden mundial” no sólo acomoda a esta nueva fuerza de trabajo en espacios geográficos y productivos, además, reordena su lugar (o su no-lugar, como en el caso de desempleados y subempleados) en el plan globalizador de la economía.

 

La Población Mundial Empleada por Actividad (PMEA) se modificó sustancialmente en los últimos 20 años. La PMEA en el sector agrícola y pesquero pasó del 22% en 1970, al 12% en 1990; en la manufactura del 25% en 1970, al 22% en 1990; mientras que en el sector terciario (comercio, transporte, banca y servicios) creció del 42% en 1970, al 56% en 1990. En el caso de los países subdesarrollados, el sector terciario creció del 40% en 1970, a 57% en 1990; mientras que su población empleada en el sector agrícola y pesquero cayó del 30% en 1970, al 15% en 1990. (Datos de “Mercado Mundial de Fuerza de Trabajo en el Capitalismo Contemporáneo”. Ochoa Chi, Juanita del Pilar. UNAM. Economía. México, 1997).

 

Esto significa que cada vez más trabajadores son canalizados hacia las actividades necesarias para incrementar la productividad o para acelerarla realización de mercancías. El sistema neoliberal opera así como un megapatrón, concibiendo al mercado mundial como una empresa unitaria, administrada con criterios “modernizadores”.

 

Pero la “modernidad” neoliberal parece más cercana al bestial nacimiento del capitalismo como sistema mundial, que a la “racionalidad” utópica. La “moderna” producción capitalista sigue basada en el trabajo de niños, mujeres y trabajadores inmigrantes. De los 1,148 millones de niños en el mundo, por lo menos 100 millones viven literalmente en la calle y 200 millones trabajan, y se prevé que serán 400 millones para el año 2000. Se dice, además, que 146 millones de niños asiáticos laboran en la producción de autopartes, juguetería, ropa, comida, herrería y química. Pero esta explotación del trabajo infantil no sólo se da en los países subdesarrollados, 40% de los niños ingleses y 20% de los niños franceses trabajan para completar el gasto familiar o para sobrevivir. También en la “industria” del placer hay lugar para los infantes. La ONU calcula que, cada año, un millón de niños entra al comercio sexual (datos en Ochoa Chi, J. Op.Cit.).

 

La bestia neoliberal invade el todo social mundial homogeneizando hasta las pautas de alimentación. “En términos globales si bien observamos que hay particularidades en el consumo alimenticio de cada región, (y a su interior), no por ello deja de ser evidente el proceso de homogeneización que se está imponiendo, incluso sobre las diferencias fisiológico – culturales de las diversas zonas.” (“Mercado mundial de medios de subsistencia. 1960-1990”. Ocampo Figueroa, Nashelly, y Flores Mondragón, Gonzalo. UNAM. Economía. 1994.)

 

Esta bestia le impone a la humanidad una pesada carga. El desempleo y la precariedad de millones de trabajadores en todo el mundo es una aguda realidad que no tiene visos ni siquiera de atenuarse. El desempleo en los países de la Organización para la Cooperación y del Desarrollo Económico (OCDE) pasó del 3,8% en 1966, al 6,3% en 1990. Tan sólo en Europa pasó del 2,2% en 1966, al 6,4% en 1990.

 

La imposición de las leyes del mercado en todo el mundo, el mercado globalizado, no ha hecho sino destruir las pequeñas y medianas empresas. Al desaparecer los mercados locales y regionales, los pequeños y medianos productores se ven a sí mismos sin protecciones y sin posibilidad alguna de competir contra los gigantes transnacionales.

 

Resultado: quiebre masivo de empresas. Consecuencia: millones de trabajadores al desempleo.

 

El absurdo neoliberal reiterado: el crecimiento de la producción no genera empleo, al contrario, lo destruye. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) nombra a esta etapa como “crecimiento sin empleo”.

 

Pero la pesadilla no termina ahí. Además de la amenaza del desempleo, los trabajadores deben enfrentar condiciones precarias de ocupación. Mayor inestabilidad del empleo, prolongación de las jornadas de trabajo y desventaja salarial, son consecuencias de la globalización en general y de la “terciarización” de la economía (el crecimiento del sector “servicios”) en particular. “En los países dominados, la mano de obra sufre una precariedad multiforme: extremada movilidad, empleos sin contrato, salarios irregulares y generalmente inferiores al mínimo vital y regímenes de jubilación héticos, actividades independientes no declaradas, con ingresos aleatorios, es decir, servidumbre o realización de un trabajo forzoso por parte de sectores, supuestamente protegidos, como los niños” (Alain Morice. “Los trabajadores extranjeros, avanzadilla de la precariedad”. LMD. Enero 97).

 

Las consecuencias de todo esto se traducen en un verdadero desfonde social globalizado. El reordenamiento de los procesos de producción y circulación de mercancías y el reacomodo de las fuerzas productivas, producen un excedente peculiar: seres humanos que sobran, que no son necesarios para el “nuevo orden mundial”, que no producen, que no consumen, que no son sujetos de crédito, en suma, que son desechables.

 

Cada día, los grandes centros financieros imponen sus leyes a naciones y a grupos de naciones en todo el mundo. Reordenan y reacomodan a sus habitantes. Y, al terminar la operación, se encuentran con que “sobran” personas. “Se dispara, por tanto, el volumen de población excedente, que no sólo está sometida al azote de la pobreza más aguda, sino que no cuenta para nada, que está desestructurada y atomizada, y cuya única finalidad es deambular por las calles sin rumbo fijo, sin vivienda ni trabajo, sin familia ni relaciones sociales -al menos mínimamente estables -, con la única compañía de sus cartones o bolsas de plástico” (Fernández Durán, Ramón. “Contra la Europa del capital y la globalización económica”. Talasa. Madrid, 1996).

 

La globalización económica “… hizo necesaria una disminución de los salarios reales a nivel internacional, que junto con la disminución del gasto social (salud, educación, vivienda y alimentación) y una política antisindical, vinieron a constituir la parte fundamental de las nuevas políticas neoliberales de reactivación capitalista” (Ocampo F. y Flores M. Op. Cit.).

 

 

 

 

 

 

 

Aquí tiene usted la representación de la pirámide de explotación mundial.

Saludos, una vez más.

Hace ya unos cuantos años, desde el interior de la Selva Lacandona, nos llegó una interesante alegoría distribuida en siete piezas, escritas por el subcomandante Marcos. Creemos que hay motivos más que suficiente para “rescatar” del olvido este trabajo. Iniciamos pues la “republicación” de las mismas:

7 piezas sueltas del rompecabezas mundial

(El neoliberalismo como rompecabezas: la inútil unidad mundial que fragmenta y destruye naciones.)

La guerra es un asunto de importancia vital para el Estado, es la provincia de la vida y de la muerte, el camino que lleva a la supervivencia o a la aniquilación. Es indispensable estudiarla a fondo”.

El Arte de la Guerra. Sun Tzu.

 

La globalización moderna, el neoliberalismo como sistema mundial, debe entenderse como una nueva guerra de conquista de territorios.

El fin de la III Guerra Mundial o “Guerra Fría” no significa que el mundo haya superado la bipolaridad y se encuentre estable bajo la hegemonía del triunfador. Al terminar esta guerra hubo, sin lugar a dudas, un vencido (el campo socialista), pero es difícil decir quién fue el vencedor. ¿Europa Occidental? ¿Estados Unidos? ¿Japón? ¿Todos ellos? El caso es que la derrota del “imperio del mal” (Reagan y Thatcher dixit) significó la apertura de nuevos mercados sin nuevo dueño. Correspondía, por tanto, luchar para tomar posesión de ellos, conquistarlos.

No sólo eso, el fin de la “Guerra Fría” trajo consigo un nuevo marco de relaciones internacionales en el que la lucha nueva por esos nuevos mercados y territorios produjo una nueva guerra mundial, la IV. Esto obligó, como en todas las guerras, a una redefinición de los Estados Nacionales. Y más allá de la redefinición de los Estados Nacionales, el orden mundial volvió a las viejas épocas de las conquistas de América, Africa y Oceanía. Extraña modernidad esta que avanza hacia atrás, el atardecer del siglo XX tiene más semejanzas con sus brutales centurias antecesoras que con el plácido y racional futuro de algunas novelas de ciencia-ficción. En el mundo de la Posguerra Fría vastos territorios, riquezas y, sobre todo, fuerza de trabajo calificada, esperaban un nuevo amo…

Pero uno es el puesto de dueño del mundo, y varios son los aspirantes a serlo. Y para lograrlo se desata otra guerra, pero ahora entre aquellos que se autodenominaron el “imperio del bien”.

Si la III Guerra Mundial fue entre el capitalismo y el socialismo (liderados por los Estados Unidos y la URSS respectivamente), con escenarios alternos y diferentes grados de intensidad; la IV Guerra Mundial se realiza ahora entre los grandes centros financieros, con escenarios totales y con una intensidad aguda y constante.

Desde el fin de la II Guerra Mundial hasta 1992, se han librado 149 guerras en todo el mundo. El resultado, 23 millones de muertos, no deja dudas de la intensidad de esta III Guerra Mundial. (datos de UNICEF).

Desde las catacumbas del espionaje internacional hasta el espacio sideral de la llamada Iniciativa de Defensa Estratégica (la “Guerra de las Galaxias” del cowboy Ronald Reagan); desde las arenas de Playa Girón, en Cuba, hasta el Delta del Mekong, en Vietnam; desde la desenfrenada carrera armamentista nuclear hasta los salvajes golpes de Estado en la dolorosa América Latina; desde las ominosas maniobras de los ejércitos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte hasta los agentes de la CIA en la Bolivia del asesinato del Che Guevara; la mal llamada “Guerra Fría” alcanzó altas temperaturas que, a pesar del continuo cambio de escenario y el incesante sube-y-baja de la crisis nuclear (o precisamente por esto), acabaron por fundir al campo socialista como sistema mundial, y lo diluyeron como alternativa social.

La III Guerra Mundial mostró las bondades de la “guerra total” (en todas partes y en todas las formas) para el triunfador: el capitalismo. Pero el escenario de posguerra quedó perfilado, de hecho, como un nuevo teatro de operaciones mundial: grandes extensiones de “tierra de nadie” (por el desfonde político, económico y social de Europa del Este y de la URSS), potencias en expansión (Estados Unidos, Europa Occidental y el Japón), crisis económica mundial, y una nueva revolución tecnológica: la informática. “De la misma forma que la revolución industrial había permitido el remplazo del músculo por la máquina, la actual revolución informática apunta al remplazo del cerebro (al menos de un número cada vez más importante de sus funciones) por la computadora. Esta “cerebralización general” de los medios de producción (lo mismo en la industria que en los servicios) es acelerada por la explosión de nuevas investigaciones en las telecomunicaciones y por la proliferación de los cybermundos.” (Ignacio Ramonet. “La planété des désordres” en “Géopolitique du Chaos.” Maniére de Voir 3. Le Monde Diplomatique (LMD). Abril de 1997.)

El rey supremo del capital, el financiero, empezó entonces a desarrollar su estrategia guerrera sobre el nuevo mundo y sobre lo que quedaba en pie del viejo. De la mano de la revolución tecnológica que ponía al mundo entero, por medio de una computadora, en sus escritorios y a su arbitrio, los mercados financieros impusieron sus leyes y preceptos a todo el planeta. La “mundialización” de la nueva guerra no es más que la mundialización de las lógicas de los mercados financieros. De rectores de la economía, los Estados Nacionales (y sus gobernantes) pasaron a ser regidos, más bien teledirigidos, por el fundamento del poder financiero: el libre cambio comercial. Y no sólo eso, la lógica del mercado aprovechó la “porosidad” que, en todo el espectro social del mundo, provocó el desarrollo de las telecomunicaciones, y penetró y se apropió todos los aspectos de la actividad social. ¡Por fin una guerra mundial totalmente total!

Una de las primeras bajas de esta nueva guerra es el mercado nacional. Como una bala disparada dentro de un cuarto blindado, la guerra iniciada por el neoliberalismo rebota de uno a otro lado y hiere a quien la disparó. Una de las bases fundamentales del poder del Estado capitalista moderno, el mercado nacional, es liquidado por el cañonazo de la nueva era de la economía financiera global. El capitalismo internacional cobra algunas de sus víctimas caducando los capitalismos nacionales y adelgazando, hasta la inanición, los poderes públicos. El golpe ha sido tan brutal y definitivo que los Estados nacionales no disponen de la fuerza necesaria para oponerse a la acción de los mercados internacionales que transgrede los intereses de ciudadanos y gobiernos.

El cuidado y ordenado escaparate que se suponía heredaba el fin de la “Guerra Fría”, el “nuevo orden mundial”, pronto se ve hecho añicos por la explosión neoliberal. El capitalismo mundial sacrifica sin misericordia alguna a quien le dio futuro y proyecto histórico: el capitalismo nacional. Empresas y Estados se derrumban en minutos, pero no por las tormentas de las revoluciones proletarias, sino por los embates de los huracanes financieros. El hijo (el neoliberalismo) devora al padre (el capitalismo nacional), y de paso destruye todas las falacias discursivas de la ideología capitalista: en el nuevo orden mundial no hay ni democracia, ni libertad, ni igualdad, ni fraternidad.

En el escenario mundial producto del fin de la “Guerra Fría” sólo se percibe un nuevo campo de batalla y en éste, como en todo campo de batalla, reina el caos.

A finales de la “Guerra Fría”, el capitalismo crea un nuevo horror bélico: la bomba de neutrones. La “virtud” de esta arma es que sólo destruye la vida y respeta las construcciones. Ya se podían destruir ciudades enteras (es decir, sus habitantes) sin que fuera necesario reconstruirlas (y pagar por ello). La industria armamentista se felicitó a sí misma, la “irracionalidad” de las bombas nucleares era suplantada por la nueva “racionalidad” de la bomba de neutrones. Pero una nueva “maravilla” bélica será descubierta a la par del nacimiento de la IV Guerra Mundial: la bomba financiera.

Porque la nueva bomba neoliberal, a diferencia de su antecesora atómica en Hiroshima y Nagasaki, no sólo destruye la polis (la Nación en este caso) e impone la muerte, el terror y la miseria a quienes la habitan; o, a diferencia de la bomba de neutrones, no sólo destruye “selectivamente”. La neoliberal, además, reorganiza y reordena lo que ataca y lo rehace como una pieza dentro del rompecabezas de la globalización económica. Después de su efecto destructor, el resultado no es un montón de ruinas humeantes, o decenas de miles de vidas inertes, sino una barriada que se suma a alguna de las megápolis comerciales del nuevo hipermercado mundial y una fuerza de trabajo reacomodada en el nuevo mercado de trabajo mundial.

La Unión Europea, una de las megápolis producto del neoliberalismo, es un resultado de la presente IV Guerra Mundial. Aquí, la globalización económica logró borrar las fronteras entre Estados rivales, enemigos entre sí desde hace mucho tiempo, y los obligó a converger y plantearse la unión política. De los Estados Nacionales a la federación europea, el camino economicista de la guerra neoliberal en el llamado “viejo continente” estará lleno de destrucción y de ruinas, una de ellas será la civilización europea.

Las megápolis se reproducen en todo el planeta. Las zonas comerciales integradas son el terreno donde se erigen. Así ocurre en América del Norte, donde el Tratado de Libre Comercio para América del Norte (“NAFTA” por sus siglas en inglés) entre Canadá, los Estados Unidos y México no es más que el preludio del cumplimiento de una vieja aspiración de conquista estadounidense: “América para los americanos”. En América del Sur se camina en igual sentido con el Mercosur entre Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. En Africa del Norte, con la Unión del Maghreb árabe (UMA) entre Marruecos, Algeria, Tunez, Libia y Mauritania; en Africa del Sur, en el Cercano Oriente, en el Mar Negro, en Asia Pacífico, etc., en todo el planeta explotan las bombas financieras y se reconquistan territorios.

¿Las megápolis sustituyen a las naciones? No, o no sólo. También las incluyen y les reasignan funciones, límites y posibilidades. Países enteros se convierten en departamentos de la megaempresa neoliberal. El neoliberalismo opera así la DESTRUCCIÓN / DESPOBLAMIENTO por un lado, y la RECONSTRUCCIÓN / REORDENAMIENTO por el otro, de regiones y de naciones para abrir nuevos mercados y modernizar los existentes.

Si las bombas nucleares tenían un carácter disuasivo, intimidatorio y coercitivo en la III Guerra Mundial, en la IV conflagración mundial no ocurre lo mismo con las hiperbombas financieras. Estas armas sirven para atacar territorios (Estados Nacionales) destruyendo las bases materiales de su soberanía nacional (obstáculo ético, jurídico, político, cultural e histórico contra la globalización económica) y produciendo un despoblamiento cualitativo en sus territorios. Este despoblamiento consiste en prescindir de todos aquellos que son inútiles para la nueva economía de mercado (por ejemplo los indígenas).

Pero, además, los centros financieros operan, simultáneamente, una reconstrucción de los Estados Nacionales y los reordenan según la nueva lógica del mercado mundial (los modelos económicos desarrollados se imponen sobre relaciones sociales débiles o inexistentes).

La IV Guerra Mundial en el terreno rural, por ejemplo, presenta este efecto. La modernización rural, que exigen los mercados financieros, trata de incrementar la productividad agrícola, pero lo que consigue es destruir las relaciones sociales y económicas tradicionales. Resultado: éxodo masivo del campo a las ciudades. Sí, como en una guerra. Mientras tanto, en las zonas urbanas se satura el mercado de trabajo y la distribución desigual del ingreso es la “justicia” que espera a quienes buscan mejores condiciones de vida.

De ejemplos que ilustran esta estrategia está lleno el mundo indígena: Ian Chambers, director de la Oficina para Centroamérica de la OIT (de las Naciones Unidas), declaró que la población indígena mundial, calculada en 300 millones, vive en zonas que tienen el 60% de los recursos naturales del planeta. Así que “no sorprenden los múltiples conflictos por el uso y destino de sus tierras alrededor de los intereses de gobiernos y empresas. (…) La explotación de recursos naturales (petróleo y minería) y el turismo son las principales industrias que amenazan los territorios indígenas en América” (entrevista de Martha García en “La Jornada”. 28 de mayo de 1997). Detrás de los proyectos de inversión vienen la polución, la prostitución y las drogas. Es decir, se complementan destrucción / despoblamiento y reconstrucción / reordenamiento de la zona.

En esta nueva guerra mundial, la política moderna como organizadora del Estado Nacional no existe más. Ahora la política es sólo un organizador económico y los políticos son modernos administradores de empresas. Los nuevos dueños del mundo no son gobierno, no necesitan serlo. Los gobiernos “nacionales” se encargan de administrar los negocios en las diferentes regiones del mundo.

Este es el “nuevo orden mundial”, la unificación del mundo entero en un solo mercado. Las naciones son tiendas de departamentos con gerentes a manera de gobiernos, y las nuevas alianzas regionales, económicas y políticas, se acercan más al modelo de un moderno “mall” comercial que a una federación política. La “unificación” que produce el neoliberalismo es económica, es la unificación de mercados para facilitar la circulación de dinero y mercancías. En el gigantesco hipermercado mundial circulan libremente las mercancías, no las personas.

Como toda iniciativa empresarial (y de guerra), esta globalización económica va acompañada de un modelo general de pensamiento. Sin embargo, entre tantas cosas nuevas, el modelo ideológico que acompaña al neoliberalismo en su conquista del planeta tiene mucho de viejo y mohoso. El “american way of life” que acompañó a las tropas norteamericanas en la Europa de la II Guerra Mundial, en el Vietnam de los 60´s, y, más recientemente, en la Guerra del Golfo Pérsico, ahora va de la mano (o más bien de las computadoras) de los mercados financieros.

No se trata sólo de una destrucción material de las bases materiales de los Estados Nacionales, también (y de manera tan importante como poco estudiada) se trata de una destrucción histórica y cultural. El digno pasado indígena de los países del continente americano, la brillante civilización europea, la sabia historia de las naciones asiáticas, y la poderosa y rica antigüedad del África y Oceanía, todas las culturas y las historias que forjaron naciones son atacadas por el modo de vida norteamericano. El neoliberalismo impone así una guerra total: la destrucción de naciones y grupos de naciones para homologarlas con el modelo capitalista norteamericano.

Una guerra pues, una guerra mundial, la IV. La peor y más cruel. La que el neoliberalismo libra en todas partes y por todos los medios en contra de la humanidad.

Pero, como en toda guerra, hay combates, hay vencedores y vencidos, y hay pedazos rotos de esa realidad destruida. Para intentar armar el absurdo rompecabezas del mundo neoliberal hacen falta muchas piezas. Algunas se pueden encontrar entre las ruinas que esta guerra mundial ha dejado ya sobre la superficie planetaria. Cuando menos 7 de esas piezas pueden reconstruirse y alentar la esperanza de que este conflicto mundial no termine con el rival más débil: la humanidad.

 

7 piezas para dibujar, colorear, recortar, y para tratar de armar, junto a otras, el rompecabezas mundial.

La una es la doble acumulación, de riqueza y de pobreza, en los dos polos de la sociedad mundial. La otra es la explotación total de la totalidad del mundo. La tercera es la pesadilla de una parte errante de la humanidad. La cuarta es la nauseabunda relación entre crimen y Poder. La quinta es la violencia del Estado. La sexta es el misterio de la megapolítica. La séptima es la multiforme bolsa de resistencia de la humanidad contra el neoliberalismo.

 

PIEZA 1: La concentración de la riqueza y la distribución de la pobreza.

La figura 1 se construye dibujando un signo monetario.

En la historia de la humanidad, distintos modelos sociales se han disputado el enarbolar el absurdo como distintivo de orden mundial. Seguramente el neoliberalismo tendrá un lugar privilegiado a la hora de los premios, porque su “reparto” de la riqueza social no hace más que distribuir un doble absurdo de acumulación: la acumulación de riquezas en manos de unos cuantos, y la acumulación de pobreza en millones de seres humanos.

En el mundo actual, la injusticia y la desigualdad son los signos distintivos. El planeta Tierra, tercero del sistema planetario solar, tiene 5 mil millones de seres humanos. En él, sólo 500 millones de personas viven con comodidades mientras 4 mil 500 millones padecen pobreza y tratan de sobrevivir.

Un doble absurdo es el balance entre ricos y pobres: los ricos son pocos y los pobres son muchos. La diferencia cuantitativa es criminal, pero el balance entre los extremos se consigue con la riqueza: los ricos suplen su minoría numérica con miles de millones de dólares.

La fortuna de las 358 personas más ricas del mundo (miles de millones de dólares) es superior al ingreso anual del 45% de los habitantes más pobres, algo así como 2 mil 600 millones de personas.

Las leontinas de oro de los relojes financieros se convierten en una pesada cadena para millones de seres. Mientras que la “… cifra de negocios de la General Motors es más elevada que el Producto Nacional Bruto (PNB) de Dinamarca, la de la Ford es más importante que el PNB de Africa del Sur, y la de la Toyota sobrepasa al PNB de Noruega.” (Ignacio Ramonet, en LMD I/1997 #15), para todos los trabajadores los salarios reales han caído, además de que deben sortear los cortes de personal en las empresas, el cierre de fábricas y la reubicación de sus centros laborales. En las llamadas “economías capitalistas avanzadas” el número de desempleados llega ya a los 41 millones de trabajadores.

En forma paulatina, la concentración de la riqueza en pocas manos y la distribución de la pobreza en muchas, va delineando el signo de la sociedad mundial moderna: el frágil equilibrio de absurdas desigualdades.

La decadencia del sistema económico neoliberal es un escándalo: “La deuda mundial (comprendiendo las de las empresas, los gobiernos y las administraciones) ha sobrepasado los 33,100 miles de millones de dólares, es decir, 130% del Producto Interno Bruto (PIB) mundial, y crece a una tasa del 6% al 8% por año, más de 4 veces el crecimiento del PIB mundial” (Frédéric F. Clairmont. “Ces deux cents sociétés qui controlent le monde”, en LMD. IV/1997).

El progreso de las grandes transnacionales no implica el avance de las Naciones desarrolladas. Al contrario, mientras más ganan los gigantes financieros, más se agudiza la pobreza en los llamados “países ricos”.

La diferencia a eliminar entre ricos y pobres es brutal y no parece haber ninguna tendencia por ese rumbo, antes al contrario. Lejos de atenuarse, ya no digamos de eliminarse, la desigualdad social se acentúa, sobre todo en las naciones capitalistas desarrolladas: En los Estados Unidos, el 1% de los norteamericanos más ricos ha obtenido el 61,6% del conjunto de la riqueza nacional del país entre 1983 y 1989. El 80% de los norteamericanos más pobres no se han repartido más que el 1,2%. En la Gran Bretaña el número de los sin techo se ha duplicado; el número de niños que viven sólo de la ayuda social ha pasado del 7% en 1979 al 26% en 1994; el número de británicos que vive en la pobreza (definida como menos de la mitad del salario mínimo) ha pasado de 5 millones a 13,700,000; el 10% de los más pobres han perdido el 13 % de su poder adquisitivo, mientras que l0% de los más ricos han ganado el 65% y desde hace cinco años se ha doblado el número de millonarios (datos de LMD. IV/97).

A inicios de la década de los 90´s “… unas 37,000 firmas transnacionales encerraban, con sus 170,000 filiales, la economía internacional en sus tentáculos. Sin embargo, el centro del poder se sitúa en el círculo más restringido de las 200 primeras: desde los inicios de los años 80, ellas han tenido una expansión ininterrumpida por vía de las fusiones y las compras “de rescate” de empresas. De este modo, la parte del capital transnacional en el PIB mundial ha pasado de 17% a mitad de los años 60 a 24% en 1982 y a más del 30% en 1995. Las 200 primeras son conglomerados cuyas actividades planetarias cubren sin distinción los sectores primario, secundario y terciario: grandes explotaciones agrícolas, producción manufacturera, servicios financieros, comercio, etc. Geográficamente ellas se reparten entre 10 países: Japón (62), Estados Unidos (53), Alemania (23), Francia (19), Reino Unido (11), Suiza (8), Corea del Sur (6), Italia (5) y Países Bajos (4)”. (Frédéric F. Clairmont. Op.Cit.).

 

Los “Doscientos Primeros” del Mundo.

País Número de Empresas Negocios Ganancias (MMD) % de Negocios Mundiales % Ganancias Mundiales
Japón 62 3,196 46 40.7% 18.3%
EU 53 1,198 98 25.4% 39.2%
Alemania 23 786 24.5 10.0% 9.8%
Francia 19 572 16 7.3% 6.3%
Reino Unido 11 275 20 3.5% 8.0%
Suiza 8 244 9.7 3.1% 3.9%
Corea Sur 6 183 3.5 2.3% 1.4%
Italia 5 171 6 2.2% 2.5%
Reino Unido/Países Bajos 2 159 9 2.0% 3.7%
Países Bajos 4 118 5 1.5% 2.0%
Venezuela 1 26 3 0.3% 1.2%
Suecia 1 24 1.3 0.3% 0.5%
Bélgica/Países Bajos 1 22 0.8 0.3% 0.3%
México 1 22 1.5 0.3% 0.6%
China 1 19 0.8 0.2% 0.3%
Brasil 1 18 4.3 0.2% 1.7%
Canadá 1 17 0.5 0.2% 0.2%
Totales 200 7,850 251 100% 100%
PIB Mundial   25,223   31.20%  

 
 

Antonio Labriola

Publicado: 21/06/2010 en Citas

Pensar es producir. Aprender es pensar reproduciendo. No sabemos bien y realmente mas que lo que nosotros mismos somos capaces de producir, pensando, trabajando, probando y volviendo a poner a prueba; y siempre por virtud de las fuerzas que nos son propias, en el campo social en que nos encontramos y de desde el punto de vista de nuestra situación social.”

Sobre el materialismo histórico. Socialismo y filosofía

¡Hola mundo!

Publicado: 20/06/2010 en Sin categoría

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¿Cómo va eso, amigas/os?. Desde luego, con la ofensiva del capital, cercenando derechos conquistados con las luchas obreras, no podemos decir que bien. Pues razón de más para entender, comprender y actuar. A continuación ofrecemos la propuesta de ejercicios que se realizó en el Taller. Se trataría de que nos enviaráis vuestras respuestas, con el fin de conseguir entre todos/as buenas respuestas.

Que lo disfruten y trabajen.

PROPUESTA DE EJERCICIOS DE CRÍTICA.

 

Thomas Szasz, un eminente médico y erudito norteamericano encuadrado en la corriente ideológica autodenominada “libertaria” (que en EE UU significa “ultraliberal capitalista”, y no “anarquista”), en su libro “Nuestro derecho a las drogas” dice, entre otras cosas, lo siguiente:

 

(…) Adam Smith, generalmente considerado como padre del capitalismo de libre mercado, no fue un economista (no existía tal cosa en el siglo XIII). Era un profesor, de filosofía moral. Como tal, su concepto de economía no intentó carecer de valores. Hoy, los economistas profesionales y los observadores del horizonte económico equivocan sus esfuerzos por convertir el estudio de estos asuntos humanos en una ‘ciencia’ social libre de valores.

 “¿Cuál es, entonces, el mérito moral del libre mercado? ¿Qué es bueno en lo tocante a él, además de ser un mecanismo eficiente para producir bienes y servicios? La respuesta es que el libremercado es bueno porque anima a la cooperación social (producción y comercio) y desalienta la violencia y el fraude (la explotación de muchos por unos pocos dotados de poder coactivo), y porque es un orden moral-legal que coloca, el valor de la persona como individuo por encima de su valor como miembro de la comunidad. Ello está implícito en la idea de que quienes deseen disfrutar de los beneficios del libre mercado deben asumir responsabilidad por sus acciones, y quedan obligados a responder de ellas ( . . . ) ll.

 (Thomas Szasz, “Nuestro derecho a las drogas, traducción de Antonio Escohotado

publicada por Anagrama. Página 50)

 

(NOTA DE LA COORDINACION: Al igual que sucediera con teóricos burgueses que sirvieron de fundamento a Marx, los ultraliberales norteamericanos o “libertarios” han aportado los primeros elementos de una discusión teórica mínimamente racional acerca de la prohibición de ‘las drogas y otros espinosos asuntos’ de la intervención del Estado en la sociedad capitalista. Criticarlos no implica no aprender (y mucho) de algunas de sus aportaciones).

 

CUESTIONES:

 * ¿Puede ser un concepto propiedad de alguien? Ese concepto moral de la sociedad de libre mercado, que al parecer pertenece a Adam Smith y que aquí expone someramente Szasz, ¿tiene algo que ver con la sociedad capitalista? ¿Por qué?

 *¿Qué ocurre cuando no pensamos la sociedad de un modo “científico”? ¿Cuál es el contenido de la palabra “libertad” en el texto de Szasz, si renunciamos a pensar “científicamente” la sociedad capitalista y la pensamos sólo “moralmente”? ¿Es la moral una forma de pensar o, como dice Nietzsche, algo que debe ser pensado? Relaciona esta cuestión con el concepto marxista de “ideología”. Frase-sugerencia: si no pensamos nosotros, el capital piensa por nosotros. ¿Qué diferencia hay entre pensar y adaptarse?

 * Según Szasz y el resto de teóricos ultraliberales, “sociedad de libre mercado” y “capitalismo” son sinónimos. ¿Es lo mismo la sociedad mercantil que la sociedad capitalista? ¿Qué o quién es verdaderamente “libre” cuando son privadas las condiciones de producción? ¿De verdad es “libre” el empresario? ¿Y el asalariado? ¿Por qué?

 * Según la doctrina ultraliberal, es la libertad de elección de los individuos, es decir, la demanda, la que, en un supuesto de verdadero “libre mercado”, determina en última instancia qué es lo que se produce. ¿Puedes explicar esta teoría en relación también con el texto de Szasz? Critica esa posición: ¿En realidad, cuál es el único producto social de la sociedad capitalista? ¿No son las necesidades “ilimitadas”? ¿Por qué siempre trabajamos más a pesar del desarrollo técnico, aún a costa de perder nuestras vidas produciendo cosas peligrosas o inútiles? ¿Por qué las empresas producen a propósito cosas que se deterioran rápidamente? ¿Corresponde la oferta del mercado actual a nuestros deseos o quizás nuestros “deseos” se forman en relación a las necesidades de la oferta siempre creciente? ¿Por qué y cómo? ¿Qué queda del “individuo” y su “libertad” en la carrera sin fin de la producción capitalista?

 * Relacionar la problemática planteada en la cuestión anterior con el mercado automovilístico, sus necesidades, cómo éstas nos afectan irremediablemente y cómo se relacionan con nuestras propias necesidades.

 *¿Cómo se te ocurre que pueda intervenir de verdad la libertad individual de todos los ciudadanos en la determinación de qué es lo que la sociedad produce? ¿Cómo “valora” al “individuo” la sociedad capitalista? ¿Ese valor, se determina social o individualmente?

 * La sociedad capitalista, ¿es no-violenta? Si hay en ella violencia, ¿de dónde procede y cómo se organiza? Los “libertarios” proponen reducir el estado a mínimos: lucha contra el fraude y defensa de la “propiedad” en sentido amplio. Un estado así concebido, ¿qué es lo que defiende en realidad? Relaciona el concepto “violencia” con el concepto acumulación originaria”.

 * El mercado sin un estado que lo supervise, ¿realmente desalienta el fraude? ¿Qué razonamiento es el que conduce a Szasz, siguiendo a Milton Friedman y otros, a afirmar que el libre mercado “desalienta la violencia y el fraude”? ¿Dónde radica el error de tal planteamiento?.

 * ¿Por qué decimos que las relaciones de producción capitalistas son relaciones de explotación?

 

 Tomemos el siguiente  poema de Bertolt Brecht:

De todos los objetos, los que más amo

son los usados.

Las vasijas de cobre con abolladuras y bordes aplastados

los cuchillos y tenedores cuyos mangos de madera

han sido cogidos por muchas manos. Estas son las formas

que me parecen más nobles. Esas losas en torno a viejas casas,

desgastadas de haber sido pisadas tantas veces,

esas losas entre las que crece la hierba, me parecen

objetos felices.

Impregnados del uso de muchos,

a menudo transformados, han ido perfeccionando sus formas y se

                                                                            [han hecho preciosos

porque han sido apreciados muchas veces.

Me gustan incluso los fragmentos de esculturas

con los brazos cortados. Vivieron

también para mí. Cayeron porque fueron trasladadas;

si las derribaron, fue porque no estaban muy altas.

Las construcciones casi en ruinas

parecen todavía proyectos sin acabar,

grandiosos; sus bellas medidas

pueden ya imaginarse, pero aún necesitan

de nuestra comprensión. Y, además,

ya sirvieron, ya fueron superadas incluso. Todas estas cosas

me hacen feliz.

 

(Poema de B.Brecht de 1932, titulado “De todos los objetos”,

en la antología “Poemas y canciones”, de Alianza Editorial).

 

CUESTIONES:

 * ¿Qué valor de las cosas le interesa a Brecht (no olvides que se trata de un poeta comunista)? ¿Es, entonces, este poema más subversivo de lo que parece?

 * ¿Por qué es tan importante el “acabado” en los bienes de consumo? ¿Por qué la obsesión de comprar cosas NUEVAS? ¿Por qué pulen y untan de cera las naranjas antes de mandarlas al mercado? ¿Por qué los juguetes para los niños son tan bonitos cuando están nuevos? ?Tiene esto último algo que ver con que se rompen casi nada más usarlos?

 * La famosa cultura del “consumismo”, ¿con las necesidades de qué o quién tiene que ver? Marx dice que el “modo de producción”, la santa Economía, determina en última instancia la producción de cultura e ideología en la sociedad. ¿Qué tiene que ver esa afirmación con el poema de Brecht? ¿Es Brecht comunista por le gustan las cosas usadas?

 * ¿Por qué no interesa que compartamos las cosas? ¿Por qué dice Julio Anguita que hay que producir bienes “robustos”?

 * Si al poeta le gustan las cosas viejas, le deben de dar bastante igual las modas. ¿Por qué, teniendo en cuenta que es un comunista? Además de para satisfacer las necesidades de la industria, ¿para qué le sirve al sistema social el furor consumista? ¿Tiene esto algo que ver con los textos de Guy Debord que encuentras en el material didáctico (páginas 111 y siguientes)?..

 * ¿Tiene algo que ver la ideología FASCINADORA de los productos brillantemente nuevecitos, de la moda constante, de lo “moderno” y “postmoderno” y “postpostmoderno”, con este poema, con la vida y con la desilusión que sufre ahora la gente de los países del antiguo bloque socialista? ¿Qué pinta el capital en todo esto?

El siguiente texto está tomado de “Actuar en un mundo inteligible”, un trabajo breve de Carlos Fernández Liria acerca del imperativo categórico kantiano. El objeto del ejercicio es comparar los textos de Kant de la parte filosófica del material didáctico con la perspectiva crítica marxista que Carlos nos aporta, basada, por extraño que parezca, en la lectura minuciosa de Platón. Ahí va el texto. Léelo con paciencia y atención, porque vale la pena:

 

<< [ . . .] ya hemos visto cómo una ley que simplemente nos dice “decide” puede obligarnos a decidir ciertas cosas y prohibirnos otras. No estamos aquí ante un relativismo moral que simplemente nos “condena a la libertad”, como pretendía Sartre. Lo que sostiene Kant es que no todos los actos pueden ser decisiones,

o, más exactamente, que no todo lo que llamamos “actos” son verdaderamente actos. Ello equivale a admitir que no hay, estrictamente, decisiones morales y decisiones inmorales. Lo que hay es, por un lado, decisiones, y, por otro, la inmoralidad de no decidir. Sin que esto signifique que la voluntad pueda escoger

“moralmente” entre hacer esto o aquello con tal de que su acto sea una decisión, pues, en cada caso, “moralmente” sólo es posible decidir hacer esto o hacer aquello, sin que la alternativa se presente nunca a una voluntad libre (es decir, a una voluntad “autónoma” que no se someta a otra ley que la que ella es para sí misma).

 

Y el caso es que ya Platón, aparentemente por otros caminos, había llegado a la misma conclusión. Recordemos, por ejemplo, el “Fedro”, donde Sócrates insiste en que lo contrario de “ir a la deriva”, como va el carro alado cuando se deja arrastrar por los corceles que representan las tendencias del cuerpo en el conocido mito platónico, es dirigir el carro, “gobernarlo”. Recordemos también y sobre todo “La República”, donde resulta fácil comprobar que para Platón no hay en realidad gobiernos justos y gobiernos injustos, sino solamente gobiernos y meras apariencias de gobierno. Para Platón, como para Kant, el que gobierna realmente su vida no se encuentra nunca en la tesitura de poder decidir esto o aquello: albedrío y ‘gobierno se excluyen en Platón por la misma razón que para Kant la expresión “libre albedrío” constituye una contradicción en los términos.

 

Pero, entonces, ¿quién ha de gobernar?. La respuesta de Platón es conocida: son los ‘filósofos’ los que deben gobernar. Y, ¿a quiénes llama Platón ‘filósofos’? A aquellos que, por amor a la verdad, han alcanzado “el conocimiento de lo que cada cosa es”, a los que dan “la bienvenida y aman aquellas cosas de las cuales hay conocimiento”, y no, en cambio, a los “que aman las cosas de las que sólo hay ‘opinión’”. Son, por tanto, aquellos que, según se dice en el Libro VII de ‘La República’, no en las cosas a la luz del sol, sino que las ven a la luz del ser, que es en lo que consiste pensar. Pues, en efecto, pensar es situarse en ese ámbito meramente inteligible ‘en el que las cosas aparecen como siendo lo que son’. Un ámbito que se opone a ese otro en el que vivo las cosas desde ‘el olvido’ de lo que son, que es el ámbito de la opinión. De manera que si esta, la opinión, es siempre el discurso de “alguien” acerca de las cosas, el concepto, en cambio, no es el discurso de nadie, porque es un discurso donde el que habla es el mismo ser de las cosas: es una palabra sin sujeto. En el ámbito en el que las cosas aparecen como siendo lo que son, no me está dado más que pensar: es un mundo en el que no tengo nada que hacer ni que decir, al que le sobro en cuanto sujeto de mis palabras y mis acciones; un mundo al que sólo accedo en la medida que soy capaz de callar o, como dice Platón en el “Fedón”, en la medida en que ha aprendido a morir. Un mundo, en definitiva, en el que no estoy, que no es el mundo (en el) que ‘vivo’ (porque es “anterior” a la vida que yo vivo, y que por eso sólo me está dado “recordarlo”), pero que define qué es lo que se vive y quién es el que lo vive.

 

Pero, ¿es por ello pensar situarse realmente ante ‘otro’ mundo distinto de aquel (en el) que vivo, en el que “trabajo, hago el amor, me aburre o pago mis impuestos, de aquel que encuentro a la vez siempre lleno de cosas odiosas y deseables, favorables e intolerables, de aquel que constituye el objeto permanente de mi opinión? En modo alguno. Pensar, como decía Platón, es “recordar”, es decir, desplazarse hacia aquello que en las cosas está ya puesto y rige de antemano, o sea, hacia su ser; situarse, por tanto, ante lo que las cosas son, apropiarse de su ser. Por consiguiente, ni pensar es ponerse ante otro mundo distinto del que vivo, ni opinar es realmente abandonar el mundo del ser. Tanto si nos decidimos a pensar como si no, el mundo permanece igual de aburrido, igual de atroz, igual de injusto; tan real es en un caso como en el otro, puesto que se trata del mismo y único mundo. Con el pensamiento no cambiamos el mundo simplemente  lo conocemos; con la opinión tampoco cambiamos el mundo, simplemente lo vivimos en la ignorancia. Pero, por ello, renunciar a pensar es condenarnos inexorablemente a él, pues es vivir en él, como decía Platón, “a la deriva”, entre cosas de las que ya no “recordamos” lo que son: es, por ejemplo, no recordar que el paro, el deterioro ecológico, el hambre del Tercer Mundo o las mismas guerras, por más que nos parezcan problemas de la sociedad en que vivimos, esto es, de la sociedad capitalista, son en realidad las soluciones que ésta encuentra para sus verdaderos (y, mientras no pensemos, para nosotros desconocidos) problemas. Renunciar a pensar es condenarse a vivir una realidad que no conozco, vivir un mundo que padezco sin poder saber qué es lo que padezco, por qué lo padezco, qué posibilidades tengo de no seguir padeciéndolo y qué habría que hacer para dejar de padecerlo. Pensar, ya lo hemos dicho, no me sitúa en otro mundo distinto del que padezco, pero sólo pensando puedo ‘querer’ otro mundo distinto del que padezco y ‘actuar’ sobre aquello que hace del mundo que padezco un mundo tal que me haga desear otro. Porque sólo pensar me sitúa en el ámbito en que las cosas aparecen como lo que son, y sólo pensando, por tanto, puedo estar realmente dispuesto a ‘decidir sobre su ser’, es decir, sobre aquello que las hace ser precisamente lo que son, sobre aquello que las define. Sólo el pensamiento nos sitúa en el ámbito -el único ámbito- en que nuestra acción puede dejar de implicar el consentimiento del mundo que padecemos, porque sólo el pensamiento nos sitúa ante aquello que lo hace ser como es. Fuera de este ámbito, nuestras acciones se diferencian unas de otras simplemente en la forma en que consienten el mundo en que son ejecutadas. Y, por tanto, sólo en ese ámbito al que accedemos pensando es posible decidir sobre lo que el mundo haya de ser, sobre lo que queremos que sea y lo que no podemos permitir que siga siendo. Y hacer esto es precisamente en lo que consiste ’gobernar’ lo cual nos recuerda de nuevo el ‘Fedro’. Pues, ¿qué significa el mito del carro alado si no es precisamente que ’gobernar’ consiste en que el pensamiento dirija la acción y el deseo? Gobernar es, en efecto, que el pensamiento dirija la acción y el deseo porque sólo pensando, o sea, “recordando” que las cosas son, podemos ‘desear’ y ‘actuar’ sobre su ser y en su ser en lugar de limitarnos a padecerlo, y en esto (en desear y actuar sobre y en el ser de las cosas en lugar de limitarse a padecerlo) es en lo que consiste gobernar.

 

Pues bien, con esto, tenemos que el concepto platónico de ‘gobierno’ y el concepto kantiano de ‘autonomía’ o ‘autodeterminación de la voluntad’ coinciden en que ambos exigen de nosotros para su cumplimiento situarnos en un lugar en el que nosotros ya no estamos, en el que, en tanto que seres de un ‘mundo sensible’, no tenemos nada que hacer ni que decir; nos exigen, por tanto, situarnos en un mundo ‘meramente inteligible’ . Pero ¿es en este mundo (en el) que debemos gobernar? ¿Es éste el mundo en el que ‘actuar’ es verdaderamente ‘actuar’? Efectivamente: porque en este mundo es en el único en que es posible actuar sobre aquello que hace que las cosas sean lo que son. […]

 

Por consiguiente, según Kant -y con esto retomamos la pregunta que formulábamos más arriba-, el mundo en el que debemos actuar de forma que la voluntad sea una ley para sí misma, en el que la ley moral me obliga a ‘actuar’, el mundo en el que estamos obligados a ser libres, a decidir verdaderamente, es un mundo meramente inteligible. Un mundo que no es el mundo que vivimos, que padecemos, que no es el ‘mundo sensible’. Pero que no lo es por una razón muy sencilla: porque es su fundamento.

 

E l mundo inteligible contiene el fundamento del mundo sensible, y por ende también de las leyes del mismo.

(‘Fundamentación de la metafísica de las costumbres’, de E. Kant, p. 122).

 

El mundo inteligible no es el mundo que vivimos pero es el fundamento de que éste sea precisamente como es. Actuar en el mundo inteligible, por tanto, es actuar sobre aquello que hace que el mundo que vivimos sea precisamente como es; actuar, por ejemplo, sobre aquello que hace que la buena salud de la economía de los países poseedores de grandes capitales dependa de que el Tercer Mundo siga muriéndose de hambre, o sobre aquello que hace del ‘paro’ una necesidad estructural de nuestra economía. Y actuar moralmente es actuar en ese “orden de cosas” meramente inteligible, que no vivimos, que no vemos, pero que constituye el fundamento de lo que vivimos y vemos. [ . . . ]Hemos visto que tanto actuar moralmente (en sentido kantiano) como gobernar (en sentido platónico) es actuar sobre aquello que hace que las cosas sean lo que son; actuar, por tanto, sobre el conjunto (más o menos complejo y ordenado) de condiciones (estructuras, relaciones, etc.) que hacen que le mundo (en el) que vivimos sea precisamente tal cual es. Empezamos a ver, asimismo, que dicho conjunto de condiciones constituye un mundo solamente inteligible, que no puede aparecer nunca a título de objeto del discurso de un yo, porque el yo mismo sólo es sujeto de su discurso en la medida en que se halla sujeto a las condiciones en que su discurso se pronuncia y, por consiguiente, presupone siempre esas condiciones y no habla de ellas, sino desde ellas. Pero lo que ahora nos interesa subrayar es que ese mundo de las condiciones es igualmente impermeable a la acción de un yo que pretende inspirar en su interioridad psíquica su decisión; pues el conjunto de nuestras inclinaciones, por las que cada uno de nosotros nos diferenciamos de los demás, no es sino el conjunto de nuestros determinados modos de presuponer esas condiciones. Y, por tanto, el yo puede siempre plantearse la cuestión de cómo podría vivir mejor en las condiciones dadas, pero, en cuanto yo, no puede plantarse la cuestión de en qué condiciones (y en cuáles no) está dispuesto a vivir. El yo no puede plantearse más acción que la consecuente con las condiciones que le determinan como yo. Así, por ejemplo, en cuanto que reconozco a mi madre como aquella para quien soy el hijo que soy, puedo querer que mi madre sea mejor, pero no puedo querer que mi madre no sea quien ahora lo es, o no tener madre, o que la maternidad sea otra cosa.

 

No resulta difícil encontrar estas ideas en Platón. Para Platón, tanto el mundo de la ciencia como el de la acción eran un mundo solamente inteligible y, como tal, un mundo en el que el yo había de renunciar a sus opiniones para limitarse a pensar y había de renunciar a sus inclinaciones para limitarse a actuar, esto es, a actuar ahí donde ninguna inclinación nos mueve a hacerlo, donde da igual quién sea el que actúe. Sin embargo, aunque dicho mundo inteligible es efectivamente un mundo inaccesible para nosotros (en cuanto sujetos ‘sujetados’ a las condiciones que nos hacen ser nosotros), sólo en ese mundo inteligible donde nosotros ya no estamos las condiciones mismas pueden comenzar a afectarnos como tales. Así, por ejemplo, un obrero puede llegar a vivir la violencia (golpes, amenazas, sanciones, etc.) que determinado patrón ejerce sobre él, pero nunca la violencia que lo convierte simplemente en un obrero, que hace de él un obrero; así, un neurótico sufre las consecuencias de su neurosis, pero nunca las causas de la misma, aquello que hace de él un neurótico.

 

Lo que determina a un obrero como obrero, a un capitalista como capitalista, etc., pertenece a un mundo en el que no somos ni capitalistas injustos, ni obreros agraviados. Pertenece al mundo de la injusticia misma que hace que haya capitalistas y obreros. Pero, puesto que ese mundo no se hace patente sino ahí donde nosotros ya no estamos, más allá de toda opinión y toda decisión personal, en ese mundo ya no hay ‘albedrío’  porque ya no hay interés que pueda inspirarlo. Una acción en ese mundo es una acción simplemente necesaria. Ahí donde ya no hay interés, ni agravio, ni injusticia parcial, la injusticia aparece como absoluta. Y por eso la ley moral nos obliga también absolutamente a actuar contra ella. Si, como dijimos, actuar moralmente es actuar por una obligación absoluta e incondicionada, es porque es actuar en un mundo en el que la justicia y la injusticia aparecen como absolutas e incondicionadas; y, por tanto, en un mundo al que le sobra el albedrío.

 

Está claro, pues, que tanto para Platón como para Kant, la moralidad es algo que tiene lugar en cuanto nos desplazamos a un mundo meramente inteligible y que ese mundo inteligible es el mismo para ambos pensadores. Sin embargo -hay que reconocerlo-, no parece que lo sean. Y es que, no en vano, entre el mundo inteligible de Platón y el mundo inteligible de Kant median dieciocho siglos de cristianismo. El propósito mismo por el que uno y otro se muestran interesados por ese mundo inteligible en el que estamos obligados moralmente a actuar es ya sintomáticamente diverso. Platón busca las condiciones de una ‘polis’ justamente gobernada (lo que, según hemos visto, equivale a decir, simplemente, de una ‘polis’ gobernada); Kant, en cambio, parece estar queriendo fundamentar ‘una moral ya dada, que no es otra que la moral cristiana. Kant parece movido por el propósito de fundamentar la moral de su abuelita […] .

 

[…] Donde los griegos vieron el mundo de la verdad, de ese discurso sin sujeto que se impone por sí mismo que es la ciencia, el cristianismo imaginó un cielo poblado de ángeles y santos que engordaban alimentados por sus buenas intenciones; un cielo, por otra parte, tanto más vacío, tanto más parecido a la Nada, cuanto más racional o coherente consigo mismo se ha querido el cristianismo. Nietzsche resume modélicamente la historia de ese ‘vaciamiento’ en un texto de El ocaso de los ídolos ( . . . ) . Pero, aún cuando este texto parece considerar terminada la historia de aquel vaciamiento, lo cierto es que ésta se ha repetido en los dos últimos siglos en un espacio muy tardíamente inaugurado: la ciencia de la Historia. Y por Historia -con Marx y Engels- no entendemos otra cosa que la historia de la lucha de clases, que por ello -esto es, por ser la historia de la lucha de las ‘clases sociales’- coincide con el espacio de lo que, desde otro punto de vista, denominamos lo político.

 

En el Cielo abarrotado de nada del cristianismo ya no había sitio para las ideas, por lo que Kant hubo de forjar un destierro trascendental para esa ciencia -la física- que había triunfado con Newton a pesar de todas las hogueras encendidas de la Inquisición. Pero, ¿qué pasaba con ese mundo inteligible de la ‘polis’ que en Platón constituía el propio del imperativo moral? ¿Qué pasaba con el mundo “político” en tanto que espacio propio de la moralidad? Kant no necesitaba hacer con la ciencia de lo político lo mismo que había hecho con la física por la sencilla razón de que lo político, al contrario de lo que ‘ocurría con la naturaleza, no constituía todavía,’ en tiempos de Kant, mundo inteligible alguno. En otras palabras, porque no había aún una ciencia de la historia (como sí la había, sin embargo, de la naturaleza); porque no había sido aún inaugurada una forma

‘científica’ de preguntar por la historia, un modo de preguntar por la historia que no quedara satisfecho con una representación humanista, historicista, “psíquica” de la misma. Todas esas eficacias y determinaciones ajenas a la actividad de cualquier sujeto, todos esos poderes que actúan sin ejercerse, y que la ciencia de la historia ha descubierto, eran y seguirán siendo invisibles para toda forma psíquica de inquirir. Y es que, psíquicamente, toda eficacia, todo poder es siempre “napoleónico”, patriarcal, edípico.

 

Así, el yo -modo de existencia de lo psíquico- no puede plantearse respecto al horizonte de lo político otro problema que el de la ‘felicidad’. Y de manera parecida a como los cerdos son felices revolcándose en el barro, un niño maltratado acude de todos modos a los brazos de su madre y es feliz con una nana; el neurótico obsesivo es más feliz cuanto más cumple su obsesión; y el obrero es feliz cada mañana cuando logra levantarse al sonido del despertador. En sentido kantiano, el yo jamás plantea problema moral alguno en la historia. [ . . . ]

 

El imperativo categórico nos obliga a pensar la patronal allí donde ya nada tenemos que opinar sobre ella, y a actuar sobre la patronal ahí donde, en cuanto obreros más o menos perjudicados por la misma, no tenemos nada que reivindicar contra ella: ahí donde la patronal ya no nos agrede. Nos obliga ha actuar, no contra la patronal como obreros, sino contra aquello que hace que hace patronal a la patronal; a actuar, por tanto, en un horizonte en el que ya no somos obreros, sino simplemente pensamiento y acción: seres racionales que se tratan a sí mismos como tales y que, en virtud de ello, denominamos ‘libres”.

 

Cuando el yo pregunta “¿qué es?” responde siempre un “me parece”. Se construye, así, su propia apariencia de teoría: el mundo de sus opiniones. Al mismo tiempo, se construye también su propia apariencia ética: cuanto más sujeto está a las condiciones de su existencia, menos percibe estarlo y más libre se cree.

Nadie mejor que Kant ha sabido verlo: el yo “empírico” confunde por necesidad el problema ético con el problema de la felicidad:

 

Lo francamente contrario al principio de moralidad tiene lugar cuando el principio de la felicidad se convierte en motivo determinante de la voluntad. (Crítica de la razón práctica, de E. Kant, V).

 

El sujeto que busca la felicidad sólo es sujeto en cuanto sujetado a unas determinadas condiciones. Y el único motivo posible de inquietud y desaliento para ese sujeto, en su búsqueda de la felicidad, es que nunca logra identificarse del todo con esas condiciones. Nadie es exactamente un obrero: todos cumplimos más o menos defectuosamente el concepto de obrero: somos obreros mal pagados que queremos que nos paguen exactamente lo que nos corresponde. Por eso, el sujeto que busca la felicidad, no desea más que sujetarse del todo, atarse por completo a las condiciones que le definen. La búsqueda de la felicidad no es, así, más que la búsqueda de la completa sujeción que podría, por ejemplo, suprimir nuestra pereza al sonar el despertador cada mañana o nuestras ganas de hacer pis cuando cumplimos con el trabajo al que nos obliga nuestro contrato laboral. A esta sujeción es a lo que llama Kant “heteronimia”, es exactamente lo contrario de aquello en lo que, según el propio Kant, consiste la moralidad, que es siempre “autonomía” de la voluntad.

 

Actuar ‘por deber’ en la historia es, pues, actuar con total independencia de ese mundo de la pseudoeticidad al que acabamos de referirnos, del mundo de nuestro temor y nuestra esperanza, como lo habría llamado Spinoza ( . . . ) . Y actuamos así cuando actuamos como puros seres racionales, cuando nuestra voluntad se quiere libre, a salvo de todo aquello que nos afecta en tanto que sujetos sujetados a la historia; cuando habitamos, por tanto, una historia que ya no es nuestra historia (salvo en la medida en que es la historia de las condiciones a las que estamos sujetos), que ni siquiera es ‘humana’, porque es una historia que el hombre encuentra ya de antemano comenzada; que no vivimos, porque no es una historia que pueda vivirse: una historia inteligible. Los ejemplos kantianos no deben llevarnos a engaño: la historia inteligible no es aquella en la que nos sentimos indignos por no haber ofrecido una limosna, ni la de los comerciantes que deciden entre trucar o no sus balanzas. La historia de la que nos hace miembros el imperativo moral es una historia inteligible cuya existencia Kant no podía conocer aún -pese a que estaba ya supuesta en la posibilidad misma de su imperativo categórico- porque aún no había ‘sido inaugurada una ciencia de la historia que la desvelara, porque aún no existía un modo científico de preguntar por la historia. Pero esa historia descubierta por la ciencia es el mundo inteligible del imperativo categórico: una historia ante la que ya no nos sentimos agredidos en lo que somos, sino indignos ante lo que deberíamos ser.

 

CUESTIONES

* ¿Por qué las “decisiones” que tomamos a cada momento en la vida cotidiana no son “decisiones” en el sentido kantiano? ¿Qué decide por nuestra voluntad? ¿Lo que cotidianamente conocemos por “voluntad”, es autónomo? ¿Es realmente esa “voluntad” cotidiana una CAUSA que explique de verdad en algo nuestros actos?.

 * ¿Por qué los/as jueces/zas mienten al decir que el ladrón es dueño de sus actos y por eso debe ser castigado?

 * Contesta si te apetece o si puedes: ¿tiene algo que ver el descubrimiento freudiano del inconsciente con lo que Carlos asegura que Kant plantea a propósito del imperativo categórico?

 * ¿Gobierna el gobierno del PSOE? ¿Quién tiene la “culpa” de la “crisis” del paro, del mal estado de la universidad, de la inflación? ¿La “culpa” para que sirve, para explicar o justamente para lo contrario? ¿Si estudiamos el SER de la sociedad en que vivimos, qué o quién sospechamos que gobiernan? ¿Son hombres y / o mujeres?

 * El descubrimiento del capital como ‘fuerza’ de la historia, ¿dónde nos deja a nosotras/os, mujeres y hombres?

 * ¿Por qué hay que callarse para pensar? ¿Por qué dice Carlos que el imperativo categórico nos sitúa ahí donde no soy yo el que actúa, sino cualquiera?

 * ¿Qué crees que tiene que ver Nietzsche con todo esto? (Lee los textos para averiguarlo del material “didáctico”).

 * Completa la relación del imperativo moral kantiano con la metáfora platónica del carro alado.

 * ¿Es un timo el Taller, es esto marxismo, tiene todo esto algo que ver con El capital? ¿Merecen la coordinación y Carlos la lapidación pública?

 * ¿Qué significa “situarse en un mundo meramente inteligible”? ¿Es un “viaje” alucinatorio, quizás turístico?

 * ¿Tiene este texto algo que ver con las “limitaciones” de la actual “democracia”?. ¿Por qué?

 * Relaciona este texto con el “Apéndice” de la Ética de Spinoza (“Marx desde cero”).

 * ¿Por qué el conocimiento es condición necesaria de la utopía?

(Fíjate en la sentencia final del texto).

VOLVER A PENSAR

Publicado: 05/06/2010 en Textos "Filosóficos"

Este libro, escrito mano a mano entre Carlos Fernández Liria y Santiago Alba Rico, es verdaderamente imprescindible. HAY que leérselo, como las páginas amarillas: Entendiéndolo.

Actualmente se encuentra descatalogado. Es ya una rareza que no puede conseguirse ni pidiéndolo a la editorial, porque si lo haces pasan de ti bastante, extremo comprobado por un servidor. Descargáoslo y disfrutadlo, que de veras lo merece. No tiene desperdicio.

En un futuro intentaremos darle una mejor edición que la actual cutrez-escaneo-pedeefe que os ofrecemos. Tened paciencia, que a nosotros también nos explotan y nos dejan poquito tiempo para estas cosas…

Volver a pensar

Hace poquito que he escuchado por la tele los resultados de la última encuesta del CIS, en uno de esos telediarios que emiten. Uno cualquiera. En el fondo, todos son el mismo. Es raro, porque normalmente suelo dedicar mi tiempo a informarme, y no a dejarme manipular voluntariamente por los mentideros televisivos. El caso es que uno de los resultados de tan fantástica estadística (fantástica en el más increíble sentido de la palabra) me llamó poderosamente la atención. Resulta que el tercer problema nacional en importancia para los españoles “de a pie” es la clase política.

La noticia dejaba traslucir que el motivo que causaba tal preocupación entre los súbditos, súbditas y subditis españoles, españolas y españolis era, sobre todo, la manifiesta incompetencia a la hora de acometer las medidas necesarias para salir de esta aguda crisis con la que nos levantamos, comemos, cagamos y nos vamos a dormir todos los días. Así pues, el noticiero me ayudaba a “razonar” que gran parte de la responsabilidad (si no toda) ante la lamentable situación económica actual la tenían esta panda de trajeados con siglas, sillón, cuenta de gastos y coche oficial a la que se viene denominando “clase política”. La producción del telediario incitaba a tales conclusiones arropando la noticia con reseñas a las incisivas y agudas críticas y debates que los representantes de los dos partidos políticos mayoritarios entablan diariamente con objeto de encontrar la tan necesaria salida a este crack económico: Insultos, descalificaciones, errores y correcciones, argumentaciones vacías de contenido pero llenas de tautologías, y zapateados con abucheo y claque en el Congreso de los Diputados, el Senado, los pasillos de las Cámaras y los bares de alterne donde se reúnen sus señorías.

Pero, ¿es esto cierto? ¿Es esta crisis responsabilidad de la clase política? ¿Están las medidas necesarias para salir de la crisis al alcance de los políticos? En otras palabras, ¿son ellos los que manejan los hilos de la Economía para poder, tirando de aquí y soltando de allá, llevar este desparrame a buen camino?

Que el problema está en la economía es un extremo que podemos dar por válido sin discusión. Y la economía, tal y como la vivimos todos los días, se sustenta en dos pilares básicos: La producción y el consumo. Así pues, quien controle la producción y el consumo será quien esté en disposición de tomar esas tan necesarias medidas para superar la marejada económica en la que nos ahogamos a diario.

La producción (primer pilar básico), así a grandes rasgos, consiste en lo siguiente: Llega uno, o uno y unos amigos, que tienen un dinerillo ahorrado o prestado y compran unas máquinas. Compran también unas materias primas, las que sean. Eso da lo mismo. Y contratan a otros (que no suelen ser sus amigos, y si lo son dejarán de serlo pronto) empleándolos en usar las máquinas y las materias primas para fabricar algo. Lo que sea, que eso también da igual.

El consumo (segundo pilar básico) consiste en el intento que el selecto grupo de amigos ensaya llevando al “mercado” y poniendo a la venta lo fabricado en la primera fase, la de producción. Si consiguen venderlo, multiplican su dinerillo y vuelve a iniciarse el proceso. Nótese que, para que esto del “consumo” funcione, son los contratados para el proceso de fabricación quienes pongan el verbo “consumir” en gerundio. Es decir, que consuman. Consumiendo. Para ello tienen que disponer de un sueldo que consiguen, precisamente, porque participan como mano de obra en el proceso de producción y por ello son premiados con una nómina y unos eurillos a fin de mes.

Como podrán ustedes observar con agudeza, la “clase política” no participa absolutamente para nada en estos dos pilares maestros de la economía. La crisis que actualmente padecemos consiste en la paralización del proceso productivo debida a la imposibilidad de convertir los productos fabricados en dinerillo. Hay tantos productos en el “mercado” que no pueden venderse todos. Las empresas cierran porque no venden y los curritos no consumen porque son despedidos y claro, se quedan sin nómina ni eurillos a fin de mes para consumir. ¿Dónde, pues, está la intervención y la culpa de los políticos en todo este proceso? De momento, no aparece.

Podría aducirse que, ya que la clase política maneja los presupuestos del Estado, bien podría ayudar a los selectos clubes de empresarios a superar estos amargos momentos con ayudas y subvenciones procedentes de las arcas públicas. Y también, sacándolos del mismo baúl, podría destinar unos cuantos billetes a echar un capote a los trabajadores que ya no lo son, y así permitirles consumir un poco de todo lo que queda por vender. Para que las empresas se recuperen un poco más, mayormente.

Pero claro, los fondos públicos no crecen en los melocotoneros. Proceden de un invento que se llama “impuestos”. Los impuestos, a su vez, encuentran su origen y su fuente en la producción y el consumo. Los dos pilares de la economía, ya saben. Y, si la producción y el consumo están paralizados porque no se puede vender más de lo vendido, forzosamente ha de llegar un momento en que los impuestos ya no funcionen. Porque no habrá con qué pagarlos. Las arcas públicas se vaciarán y entonces no habrá modo de que los políticos tomen absolutamente ninguna decisión para poder superar la crisis. Porque no tendrán con qué tomarla. No tendrán, en definitiva, ni un duro que aportar.

¿Pueden, pues, los políticos, las políticas y lis polítiquis hacer algo para conseguir que el ciclo producción – consumo se reanude? Vemos que lo tienen chungo, porque no están invitados a la fiesta. ¿Pueden destinar, indefinidamente, fondos para que ese implacable engranaje producción – consumo vuelva a girar en la máquina? Vemos que tampoco, porque tanto va el cántaro a la fuente que al final se compra un bonobús y al final se le acaban los viajes. ¿Qué es entonces la clase política? Poco más que un grupillo de meros comparsas que decoran con sus gritos, perogrulladas y miserables latrocinios el imparable proceso de un sistema económico que sigue funcionando (o averiándose) independientemente de cualquier ley, plan anticrisis o medida de urgencia por decreto aprobada en consejo de ministros, cámara de diputados o cafetería de la esquina del ayuntamiento de turno. Podemos concluir, pues, que los políticos no son más que “extras” en este teatro. Se ven, hacen bulto y a veces impresionan con sus escándalos. Pero el argumento sigue siendo el mismo, con ellos o sin ellos.

Y entonces, si los políticos van de relleno, ¿quiénes son los malos de la película?

La economía de mercado

Publicado: 03/06/2010 en Valor de cambio

¿Cómo va esa preparación?. Aplíquense, tal como están las cosas, lo vamos a necesitar.

Continuando con nuestra filosofía de compartir útiles, herramientas necesarias para la izquierda en esa tarea de arar surcos en nuestras neuronas y plantar la semilla del conocimiento, el material que hoy compartimos es importantísimo. Obra de uno de los mejores economistas marxistas que haya proporcionado este país, Jesús Albarracín, analista del Banco de España, lúcido pensador y gran pedagogo. Lamentablemente ya no está con nosotras.

La lectura de este trabajo puede ayudar a clarificar muchas cuestiones del sistema reinante “economía de mercado” (alias capitalismo), a la par que gratificante.

Descargar aquí.