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Hace poquito que he escuchado por la tele los resultados de la última encuesta del CIS, en uno de esos telediarios que emiten. Uno cualquiera. En el fondo, todos son el mismo. Es raro, porque normalmente suelo dedicar mi tiempo a informarme, y no a dejarme manipular voluntariamente por los mentideros televisivos. El caso es que uno de los resultados de tan fantástica estadística (fantástica en el más increíble sentido de la palabra) me llamó poderosamente la atención. Resulta que el tercer problema nacional en importancia para los españoles “de a pie” es la clase política.

La noticia dejaba traslucir que el motivo que causaba tal preocupación entre los súbditos, súbditas y subditis españoles, españolas y españolis era, sobre todo, la manifiesta incompetencia a la hora de acometer las medidas necesarias para salir de esta aguda crisis con la que nos levantamos, comemos, cagamos y nos vamos a dormir todos los días. Así pues, el noticiero me ayudaba a “razonar” que gran parte de la responsabilidad (si no toda) ante la lamentable situación económica actual la tenían esta panda de trajeados con siglas, sillón, cuenta de gastos y coche oficial a la que se viene denominando “clase política”. La producción del telediario incitaba a tales conclusiones arropando la noticia con reseñas a las incisivas y agudas críticas y debates que los representantes de los dos partidos políticos mayoritarios entablan diariamente con objeto de encontrar la tan necesaria salida a este crack económico: Insultos, descalificaciones, errores y correcciones, argumentaciones vacías de contenido pero llenas de tautologías, y zapateados con abucheo y claque en el Congreso de los Diputados, el Senado, los pasillos de las Cámaras y los bares de alterne donde se reúnen sus señorías.

Pero, ¿es esto cierto? ¿Es esta crisis responsabilidad de la clase política? ¿Están las medidas necesarias para salir de la crisis al alcance de los políticos? En otras palabras, ¿son ellos los que manejan los hilos de la Economía para poder, tirando de aquí y soltando de allá, llevar este desparrame a buen camino?

Que el problema está en la economía es un extremo que podemos dar por válido sin discusión. Y la economía, tal y como la vivimos todos los días, se sustenta en dos pilares básicos: La producción y el consumo. Así pues, quien controle la producción y el consumo será quien esté en disposición de tomar esas tan necesarias medidas para superar la marejada económica en la que nos ahogamos a diario.

La producción (primer pilar básico), así a grandes rasgos, consiste en lo siguiente: Llega uno, o uno y unos amigos, que tienen un dinerillo ahorrado o prestado y compran unas máquinas. Compran también unas materias primas, las que sean. Eso da lo mismo. Y contratan a otros (que no suelen ser sus amigos, y si lo son dejarán de serlo pronto) empleándolos en usar las máquinas y las materias primas para fabricar algo. Lo que sea, que eso también da igual.

El consumo (segundo pilar básico) consiste en el intento que el selecto grupo de amigos ensaya llevando al “mercado” y poniendo a la venta lo fabricado en la primera fase, la de producción. Si consiguen venderlo, multiplican su dinerillo y vuelve a iniciarse el proceso. Nótese que, para que esto del “consumo” funcione, son los contratados para el proceso de fabricación quienes pongan el verbo “consumir” en gerundio. Es decir, que consuman. Consumiendo. Para ello tienen que disponer de un sueldo que consiguen, precisamente, porque participan como mano de obra en el proceso de producción y por ello son premiados con una nómina y unos eurillos a fin de mes.

Como podrán ustedes observar con agudeza, la “clase política” no participa absolutamente para nada en estos dos pilares maestros de la economía. La crisis que actualmente padecemos consiste en la paralización del proceso productivo debida a la imposibilidad de convertir los productos fabricados en dinerillo. Hay tantos productos en el “mercado” que no pueden venderse todos. Las empresas cierran porque no venden y los curritos no consumen porque son despedidos y claro, se quedan sin nómina ni eurillos a fin de mes para consumir. ¿Dónde, pues, está la intervención y la culpa de los políticos en todo este proceso? De momento, no aparece.

Podría aducirse que, ya que la clase política maneja los presupuestos del Estado, bien podría ayudar a los selectos clubes de empresarios a superar estos amargos momentos con ayudas y subvenciones procedentes de las arcas públicas. Y también, sacándolos del mismo baúl, podría destinar unos cuantos billetes a echar un capote a los trabajadores que ya no lo son, y así permitirles consumir un poco de todo lo que queda por vender. Para que las empresas se recuperen un poco más, mayormente.

Pero claro, los fondos públicos no crecen en los melocotoneros. Proceden de un invento que se llama “impuestos”. Los impuestos, a su vez, encuentran su origen y su fuente en la producción y el consumo. Los dos pilares de la economía, ya saben. Y, si la producción y el consumo están paralizados porque no se puede vender más de lo vendido, forzosamente ha de llegar un momento en que los impuestos ya no funcionen. Porque no habrá con qué pagarlos. Las arcas públicas se vaciarán y entonces no habrá modo de que los políticos tomen absolutamente ninguna decisión para poder superar la crisis. Porque no tendrán con qué tomarla. No tendrán, en definitiva, ni un duro que aportar.

¿Pueden, pues, los políticos, las políticas y lis polítiquis hacer algo para conseguir que el ciclo producción – consumo se reanude? Vemos que lo tienen chungo, porque no están invitados a la fiesta. ¿Pueden destinar, indefinidamente, fondos para que ese implacable engranaje producción – consumo vuelva a girar en la máquina? Vemos que tampoco, porque tanto va el cántaro a la fuente que al final se compra un bonobús y al final se le acaban los viajes. ¿Qué es entonces la clase política? Poco más que un grupillo de meros comparsas que decoran con sus gritos, perogrulladas y miserables latrocinios el imparable proceso de un sistema económico que sigue funcionando (o averiándose) independientemente de cualquier ley, plan anticrisis o medida de urgencia por decreto aprobada en consejo de ministros, cámara de diputados o cafetería de la esquina del ayuntamiento de turno. Podemos concluir, pues, que los políticos no son más que “extras” en este teatro. Se ven, hacen bulto y a veces impresionan con sus escándalos. Pero el argumento sigue siendo el mismo, con ellos o sin ellos.

Y entonces, si los políticos van de relleno, ¿quiénes son los malos de la película?

¿Se han dado cuenta ustedes (ustedes cuatro que me leen, digo) de la cantidad de gente lista que hay por el mundo? Es apabullante el ejército de sabios que nos aconseja todos los días. Pero todos, ¿eh? Sin faltar uno. Y la de cosas de las que saben, ya es para morirse. De todo, oiga. DE-TO-DO. A ver, ¿qué es lo que le inquieta a usted? ¿Sus dientes? Hay expertos en odontología, normalmente nueve de cada diez piensan lo mismo. ¿Le preocupa la limpieza de sus suelos, no sea que el niño “coja cualquier cosa”? Tiene usted expertos en productos detergentes y en gérmenes de los que construyen sus minicasitas de germen en los bancos de nuestras cocinas. ¿Le inquieta su vida interior, más concretamente su ajetreo intestinal? Escuche a los expertos en bifidus (activos, pasivos y agresivos), que no trabajan para otras marcas. Que se jodan, las otras marcas, y de paso todos los que no pueden permitirse comprar la marca buena, la suya, la cara. ¿Le aterra, en fin, la crisis económica mundial? No se mee encima todavía, que si precisamente los hay por legiones, son expertos en Economía.

Éstos, los expertos en Economía, son los mejores de todos: Brokers, asesores finencieros, gerentes de compañías “de negocios”, directivos de banco, caja de ahorro o monte de piedad, secretarios generales del Ministerio de Economía, directores y ex – directores de Reservas Federales, presidentes de bancos centrales europeos, premios nobeles de Economía, tertulianos de la tele, la radio, los periódicos y los tebeos, analistas de bolsa de Wall Street y de Mercadona… En fin, para qué extenderse más, ¿verdad? Expertos en Economía hay muchísimos. Y saben, también, muchísimo. Han demostrado su vasto conocimiento advirtiéndonos desde hace años de la enorme mierda económica que se nos venía encima, ¿a que sí? Y actualmente siguen chuleándonos con su dominio de lo económico, recetándonos medidas para paliar la crisis e incluso su fecha final y todo. Descubriendo indicios de recuperación, “brotes verdes” que les hacen ver la luz al final del túnel. Qué passsada, y yo debiendo ya dos recibos de hipoteca. Joder, ya podrían haber salido los podridos brotes hace tres meses. ¿Qué más les daba a estos expertos adelantar la nueva primavera capitalista?

Pero de entre todas las subespecies de expertos que hay, vamos a destacar una en particular. Centrémonos en esos “expertos” cuyo nombre y apellidos quedan ocultos tras su opinión. Fijémonos en esos “expertos” a los que se cita a las bravas, simplemente como “los expertos”. Enciendan un día la tele (tranquilos, que puede también apagarse) y escuchen cualquier anuncio, cualquier programa rosabasura, cualquier reportaje, y en especial cualquier noticiero. Todos están llenos de “según la opinión de los expertos”, de “los últimos estudios realizados”, de “consultas a los entendidos en la materia”… Oiga, y si tenía usted alguna duda al respecto, la intervención de esos maestros-de-todo la despeja al instante. Sin mayor justificación, sin calentamientos de cabeza, sin análisis crítico. Y usted se queda ya como más tranquilo, como más diciendo: “Ah, pues será eso, claro. Como yo no sé una mierda, tendrán razón los expertos”.

Se acabó la duda. Se despeja la incógnita, los gatos ya no tienen tres pies y los burros no vuelan. ¿Para qué darle más vueltas, si lo han dicho “los expertos”? No piensen ustedes más, no me sean cabestros. Descansen recreándose en la opinión de la tele sobre cualquier cosa, que siempre va refrendada por “la opinión de los expertos”. No se cuestionen nada, no intenten preguntarse nada, no busquen ninguna información, no contrasten ni investiguen por su cuenta. ¡Si ya lo han hecho “los expertos” por usted! ¿No se lo están diciendo? ¡¡¡Que los de la tele ya han hablado con los EX – PER – TOOOS!!!

Por cierto, ¿conocen ustedes a alguno de esos “expertos”? ¿Alguien de entre ustedes fue a la escuela, o se casó, o se tiró de los pelos, o le rayó el coche o se fue de cervecitas con un “experto”? Da igual en qué, ¿vale? Expertos en caries, caspa, grasa o vello corporal, digestiones lentas, hipotecas, armas de destrucción masiva o terrorismo internacional, crisis económicas, EREs, eyaculación precoz, globalización o piedras de mechero. En serio, expertos en lo que sea. ¿Conocen a alguno? ¿Le han visto, aunque sea en foto borrosa? No sé ustedes, pero aquí el que suscribe jamás se ha encontrado con ninguno…

Esto se cura leyendo

Publicado: 14/06/2009 en Opinión - Actualidad
Crisis, hipoteca, desempleo, paquete de medidas, geocho, globalización, buguerkrin… ¿De dónde han salido todas estas cosillas que nos están alegrando tanto la vida últimamente? Hosti tú, mira por dónde nos sale éste ahora. Pues vaya usted a saber, será porque el mundo es así, ¿no? ¡Pues no! Todo tiene un origen y una evolución sin los que sería inexplicable un resultado final. O, dicho de otro modo, quién coño iba a entender cómo puede existir el Paquirrín (siendo así como es él, tan así) sin saber que es hijo de la Pantoja. Pues eso. Quién iba a entender cómo los capitalistas nos han metido en este desparrame de crisis sin saber cómo y de dónde surgió el Capitalismo.

Y eso es, precisamente, lo que nos explica Antonio Baños Boncompain en su magistral libelo La Economía no existe. Él le llama libelo, para aquí el que suscribe se trata de un librazo como la copa de un pino centenario. Tomen nota: lectura amena, capítulos cortos, ideas sintéticas, humor negro, ácido, mordaz y del otro, ejemplos sencillitos y hasta protagonizados por actores famosos, palabras llanas y poca terminología especializada… ¡Por fin un libro de economía escrito en castellano! Porque, hasta ahora, los tochos económicos podrían haber sido redactados en román paladino, en chino cantonés, en hebreo, en sánscrito o en arameo, que no había hijo de vecina que entendiese una mierda. Con La Economía no existe, se acabó no entender de Economía. Vas, te lo lees, te ríes, la entiendes y de paso pillas la cantidad de pamplinas con las que nos vienen todos los días los analistas económicos, los banqueros endiosados, los tertulianos abonados, los politiquillos de turno y, sobre todo, los “expertos”. Ésos que saben tanto de todo y que, vaya usted a saber por qué oculto arcano, nadie sabe nunca quiénes son.

¿Existirán, los “expertos”? Un dilema al que ya no hace ni puñetera falta contestar. Para eso tenemos ahora La Economía no existe. Para poder mandar al carajo a los “expertos” y a sus eternas verdades. Después de leernos el libro, comprenderemos que esos “expertos” no pasan de ser curas de pueblo de los de hace tres siglos, lectores de bola de cristal, tarotistas de baraja Heraclio Fournier o sacerdotes amazónicos. Y también entenderemos que sus “eternas verdades” económicas pertenecen a la misma categoría científica que la danza de la lluvia, la sagrada comunión, el tótem de pino canadiense o las últimas declaraciones de Rouco Varela. Puras supersticiones, oscuras leyendas, secretos rituales y otras vainas todas paridas para acojonar y dominar al populacho. Es decir, para acojonarnos y dominarnos a todos nosotros.

Así que lean, lean La Economía no existe. Ríanse, disfruten y aprendan. Y luego, cuando se lo acaben, no crean que se termina la fiesta. No tienen más que ponerse a ver un canal financiero, un análisis de bolsa o una sección de economía de cualquier periódico… ¡Y verán que jartón de reírse! Ni el Chiquito de la Calzada viniendo en su caballo de Bonanza conseguirá que se descojonen ustedes tanto como el Financial Times o el Cinco Días.